Viaje a Milan y alrededores (parte 5): VERONA

El último día que estuvimos en Milán fuimos a Verona. Para mí una ciudad muy bonita, a pesar de que me habían hablado bastante mal de ella; pero yo que no hago caso a nadie allá que me fui.

El viaje desde Milán creo recordar que fue de dos horas, o un poco más, y sólo pudimos estar allí cinco, pero mereció la pena. La estación de tren está muy cerca del centro histórico, se puede ir a pie perfectamente en 15 o 20 minutos. Eso sí, preparaos para pagar por todo.

¿Qué ver en Verona?

De entre todo lo que hay para visitar en Verona nosotros sólo entramos al Arena, que es el teatro romano de la ciudad. Me impresionó mucho lo bien conservado que está, aunque por una parte lo esperaba, ya que allí todavía representan algunas obras en ciertas épocas del año, una pena que no hicieran ninguna cuando fuimos porque yo hubiera pagado por ver cualquiera de ellas.

La verdad es que me encantó, me enamoré. Y eso que ya había visto el coliseo de Roma, pero es que el Arena de Verona tiene un encanto especial que no sabría explicaros. Así como el coliseo es impresionante por fuera, pero por dentro, a parte de lo grande que es, no me acabó de impresionar; con el Arena me sucedió justo lo contrario, por fuera lo vi muy normalito, pero por dentro me encantó. De todas formas no se puede comparar.

Como acostumbramos nos perdimos un poco por el casco histórico, vimos las plazas más emblemáticas de la ciudad; las iglesias por fuera, ya que para entrar había que pagar en todas; vimos la casa de Julieta, aunque no entramos; el foro romano de pasada; y subimos por una calle, desde la que fotografiamos el atardecer que vemos más arriba; paseamos por el río…

Como ya decía vimos toda la ciudad, nos gustó muchísimo, pero nos hubiera gustado pasar allí un día entero y haber comprado una tarjeta para poder entrar a todos los monumentos. Os recomiendo esta opción, lo que no entiendo es porque en la oficina de turismo no nos informaron de su existencia, se limitaron a darnos un mapa y cuatro indicaciones mal dadas.

En cuanto a la casa de Julieta poco que decir, no esperaba gran cosa; pero lo que sí que no esperaba era lo que nos encontramos. Una fachada llena de chicles pegados con el nombre de los enamorados que lo habían masticado. ¡Viva la originalidad! Pero, ¡qué mal gusto! Una estatua de Julieta con un montón de gente peleando por hacerse una foto con ella, una tienda de souvenirs, donde te sacaban el dinero por un candado cutre para colgarlo en una verja, que yo creo que dentro de poco se caerá con tanto candado, ¡hasta en un árbol habían candados!; y un palacio excesivamente caro de visitar, por lo que mi gozo en un pozo. Desde que leí y releí la obra de Shakespeare, que me encanta, quería visitar esa casa y me llevé un buen chasco por el ambiente. Y es que odio los sitios que, debido al turismo, pierden su encanto.

La ciudad me pareció preciosa, romántica a más no poder, con ese río, un atardecer precioso, un teatro espléndido y las tumbas de los fundadores en el centro. Se respira un aire shakesperiano (no sé si se dice así).

Y aquí acaba la entrega de nuestro viaje por Milán y alrededores. No sé si habrá una ruta mejor, a nosotros nos quedaron muchas cosas por ver. Seguramente la próxima vez que viajemos en un vuelo a Bergamo nos instalemos en Turín o Brescia y hagamos un recorrido similar, aunque por lugares diferentes.

Yo os recomiendo muchísimo estas visitas. ¡Bon voyage!

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