Una historia más (2)

Y de repente todo estaba negro, pero no estaba sola… Había escuchado esa voz muchas noches desde hacía meses, había sentido el aire caliente de otra respiración muy cerca de su cara y esta vez podía oler su fétido aliento. Se sentía paralizada, no podía abrir los ojos, no podía hablar, ni gritar, mucho menos escapar… La voz le hablaba, pero ella no conseguía escucharla con claridad.

Por un momento a Ariadna le faltó el aire. Despertó tosiendo, el corazón parecía querer salirse del pecho y, por un instante, creyó ver una sombra que salía por la puerta de su habitación. Se cubrió con la sábana hasta arriba y volvió a dormirse.


La lectura de cartas le había dejado desconcertada. Estaba segura de que el joven vidente había callado mucho más de lo que había dicho.

Llevaba meses con pesadillas y muy cansada. De hecho, estaba de baja. La médica le había dicho que tenía depresión, que tenía que tomarse un descanso, que era normal en su trabajo, que no se preocupase y todo iría bien.

Y entonces todo había empeorado. Empezaron las paranoias, las obsesiones, sentía que se estaba volviendo loca y no sabía qué hacer.

De vez en cuando percibía un leve aroma a perfume de hombre, incluso podía seguir el rastro con el olfato. Al principio había sido un leve aroma, después había sido un intenso olor a huevos podridos, ahora oía pasos, veía tenues sombras que le acechaban entre susurros. Se sentía vigilada por algo, que bien podía ser su propia locura.

Hacía tres días que sus sueños habían cambiado. Soñaba con un joven que le echaba las cartas, no conseguía verlo, sólo le escuchaba… En sus sueños había una carta que siempre salía en la tirada: la emperatriz. ¿Cómo podía soñar con unas cartas que no había visto nunca y distinguir una con todo detalle?

Por eso acudió a Hugo cuando una amiga suya, casualmente, le habló de él. En cuanto su amiga le contó que acudía a un vidente sintió un impulso y le pidió el teléfono. Y allí había estado, escuchando la misma voz que le había hablado en sueños durante tres días, acabando con sus pesadillas; viendo la misma carta, no le había pasado desapercibido el ceño fruncido de Hugo cuando la destapó ante ambos; y esa noche sus pesadillas habían sido mucho más intensas.

“Algo te ronda, pero no sé decirte qué”. “No quieres decirme qué”, pensó Ariadna. Y un gesto de perplejidad se había dibujado en el semblante del chico.

2.1

Continuación

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