Una historia más (6)

– Llevamos cuatro sesiones y hemos hablado de tus rutinas, tus amigos, tu familia… Pero hay un tema que evitas siempre, Ariadna. ¿Podrías hablarme hoy de tu trabajo?

Ariadna estaba recostada en la silla delante de su psicóloga, se irguió y cruzó los brazos.

– No creo que esto tenga que ver con mi trabajo.

– Ya. Pero yo creo que deberíamos probar. No te encuentras bien y seguimos sin averiguar el motivo. Siempre te cierras en banda cuando quiero que me hables del trabajo y, aunque tú pienses que no, yo creo que el estrés que te está causando este cansancio proviene de allí. Escucha: las primeras pesadillas comenzaron cuando hiciste la autopsia del joven anónimo, dormiste tres horas diarias por la noche y a intervalos de media hora durante la semana porque no te quitabas de la cabeza que nadie le conociese, cuando tu jefe te comunicó que iba a realizar una segunda autopsia te desmayaste… ¿Quieres que siga?

Carolina la miró por encima de las gafas con los folios de su historial en las manos, su mirada era de cansancio, su gesto insistente.

– ¿A parte de psicóloga eres detective? Yo no recuerdo ninguna de esas coincidencias- Y era verdad, ella no recordaba ninguno de esos episodios. Ni siquiera relacionaba el malestar con su trabajo.

– Ari, vamos a hablar claro. A mí me han contratado tus superiores para hacerte una terapia porque creen que necesitas ayuda. Me han dado toda la información posible y me han hablado sobre tus lapsus de memoria. Te tienen mucho aprecio profesionalmente, pero si no te recuperas no te dejarán volver al trabajo. Podemos tardar lo que tú quieras, yo no pretendo juzgarte, sólo quiero ayudarte. Quiero que comprendas una cosa: el fracaso está en tu mente, no has fracasado en tu trabajo por no haber sabido dar una causa, fecha y hora de la muerte. Somos humanos, no podemos saberlo todo.

Ariadna se derrumbó y se abrió por completo. Le contó a Carolina todas y cada una de sus sospechas tras la autopsia del cadáver.


Mientras Ariadna estaba en la consulta de la psicóloga, Lucas ordenaba los libros de la biblioteca.

El cónclave se iba a celebrar esa misma noche y necesitaban un medium más. Se necesitaban trece mediums para realizar el contacto. Aún no sabía si se decidirían a realizar el contacto con el “más allá”, pero si once mediums se habían presentado en su biblioteca es porque la decisión estaba tomada.

– Hugo, ¿recuerdas lo que me dijiste el otro día de la profecía?

– Sí, pero era sólo una sospecha.

– Ayer once de los grandes mediums se presentaron en mi biblioteca. Han tenido las mismas pesadillas que nosotros, algunos han comenzado a tener contacto con seres a los que no han llamado nunca, otros han perdido la conexión, no consiguen conectar cuando ellos quieren. Nuestro mundo está cambiando y ya sabes que la profecía no tiene por qué cumplirse.

– Esta noche es luna llena. Supongo que me llamas para decirme que vais a reuniros.

– Te llamo para pedirte que vengas. Necesitamos al número trece.


Hugo no había desarrollado sus poderes. Justamente había hecho lo contrario, camuflar su condición de medium bajo una fachada de vidente. Sus primeros contactos con el otro mundo habían sido escalofriantes. Sólo era un niño cuando empezó a ver personas que no debían estar allí, cuando tenía cinco años mantenía conversaciones con ellos y cuando comenzó la adolescencia sus poderes se desataron, no sólo podía verlos y hablar con ellos, podía tocarlos, podía olerlos, para él era como si existiesen. Comenzó a no distinguir el mundo real del más allá y tuvo que buscar ayuda. Lucas le había enseñado lo necesario para mantenerse en el mundo real, era el que le había explicado que ciertas personas conseguían fusionar dos mundos y estar en los dos a la vez.

Por una parte no quería ir al cónclave porque no quería volver a pisar ese mundo, pero por otra se lo debía a Lucas.

“El destino me ha encontrado y estoy cansado de esconderme”.


Y, no muy lejos de ellos, Sira comenzaba un ritual que sólo conocían los ancestros. Si no se equivocaba las señales le estaban indicando que era el momento.

Cuando la gran bola de fuego azul cruce el cielo estrellado, cuando los buenos dejen de caminar sobre el mundo, cuando nuestro pueblo sólo pueda vivir escondido. Entonces y sólo entonces, en la siguiente luna llena, juntaremos las trece piedras y contactaremos con los seres de más allá de los ancestros.

Sira no sabía con quién iba a hablar esta vez, pero tenía que realizar la llamada, sino una antigua profecía se cumpliría y ya nada podría salvarla. Su única esperanza estaba puesta en un ritual que se había trasmitido de generación en generación y nadie había realizado, podían haberse olvidado de algún paso, de algún detalle… Pero ella confiaba en los ancestros, no se abrían marchado sin dejar todo bien atado.

Colocó las trece piedras frente a ella, estaba a punto de ponerse el sol.

Continuación

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