Una historia más (11)

Mara había sufrido el primer año los mordiscos de su hijo cuando le daba de mamar, sus gritos terroríficos cuando caía en el sueño más profundo, sus manotazos cuando intentaba cambiarle el pañal. Había sufrido todas las maldades de un pequeño bebé, pero durante ese año Sibyla había estado con ella, le había enseñado a sacarse la leche para no tener que ofrecerle sus pechos heridos, a inmovilizar sus piernas y brazos mientras le cambiaba el pañal, a dormirle para que no la despertara con esos chillidos aterradores… Sibyla le había ayudado a querer a su hijo con todos sus defectos, pero ahora el camino de la maternidad lo hacía sola y no sabía si sería una buena madre para Kaen.

Tenía más paciencia de la imaginable, intentaba enseñarle lo que estaba bien, pero sólo obtenía miradas de desdén por parte de su hijo. Y conforme él crecía, el miedo de ella aumentaba.

Aprendió a gatear y a los dos días le trajo una rata muerta en sus pequeñas manos ensangrentadas, mientras ella le regañaba él sonreía; cuando aprendió a hablar se acercaba a ella por las noches y le susurraba al oído cosas atroces, cosas que no sabía de dónde había aprendido, para luego chillar de forma aterradora y dejarla espantada y temblando en la cama. Conforme crecía mataba animales más grandes de las formas más crueles, torturaba a los insectos, arrancaba las alas de los pájaros… Llegó un momento en el que Mara se rindió como madre y sólo esperaba el día en que la matase a ella también.

Tranquila madre, yo cuido de ti” le decía su hijo cuando la veía llorar. Y, a continuación, le daba una fuerte bofetada.

Pero un día todo cambió. Mara estaba preparando la comida cuando oyó una voz que gritaba aterrada, era la voz de una niña. Por allí no vivía nadie, no se acercaba nadie y Mara corrió hacia la voz todo lo deprisa que pudo.

Kaen tenía atada a la niña a un árbol y, por el aspecto de la chica, Mara dedujo que la había maltratado. Entonces vio la alegría en la cara de su hijo, sus ojos se iluminaban mientras miraba el afilado cuchillo que tenía entre sus manos.

¡Kaen, para! ¡Déjala!“, intentó arrebatarle el cuchilo, pero Kaen la esquivó y sonrió más todavía. Entonces Mara hizo algo que nunca se había atrevido a hacer: cogió una piedra y le dio con ella a su hijo en la cabeza, dejándolo inconsciente. Liberó a la pequeña y la curó mientras vigilaba de reojo a su hijo que yacía en la cama aún inconsciente.

A partir de ese día Mara decidió que si no podía luchar contra la maldad de su hijo, al menos podía utilizarla para fines no tan malos. Empezó por enseñarle a cazar, a despiezar a los animales, a cocinarlos, a conservar la carne de sus presas. Mara veía como Kaen disfrutaba matando e intentó controlar su furia, su violencia, su naturaleza… No recibía cariño, pero tampoco maltratos. Entonces empezó a querer a su hijo, que empezó a aceptar las muestras de cariño de su madre. Mara vio una pequeña luz al final del túnel.

Continuación

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