Una historia más (18)

Bryan y Megan despertaron con los primeros rayos de luz, comprobaron que la piedra seguía en la bolsa y comenzaron el descenso.

En dos horas habían llegado al cañón. Un estrecho camino se abría paso entre las montañas rojas, flanqueado por altas paredes de arcilla que parecían no tener fin. Si miraban hacia arriba el cielo a penas era un fino hilo azul.

Entraron en el cañón con prudencia y miraron hacia arriba de nuevo, no distinguían el cielo, pero sí unas pequeñas oquedades en las paredes. Megan creyó distinguir dos pequeños destellos en la cueva más próxima a ellos.

– Parece que ahí hay algo.

Bryan forzó la vista para ver lo que veía Megan y entonces asomó una pequeña bolita de pelo rosa, que no mediría más de dos palmos, cuyos ojos brillantes a penas se distinguían entre el pelo. La bolita rodó por la pared vertical, como si fuera un tobogán, desobedeciendo todas las leyes de la gravedad y se situó junto a Megan, que vio asomar por debajo dos pies diminutos.

– ¿No te parece adorable? – le dijo Megan a Bryan – Es diminuto. Nunca había visto un ser parecido. ¿De dónde sales pequeño?- Megan se dirigió al ser rosa y le acarició la cabeza. – ¡Qué suave estás! Eres una delicia.- Megan estaba agachada junto al ser.

Entonces la pequeña e inofensiva bola mostró la mejor de sus sonrisas. Unas encías sangrantes con dientes picudos y amenazantes obligaron a Megan a retroceder. Y entonces el extraño ser chilló tan fuerte que el sonido retumbó en el estrecho cañón, el chillido se metió en los tímpanos de Megan y Bryan, causándoles un dolor que antes no habían experimentado, notaron como se colaba en su cabeza, que parecía que fuera a estallar.

Vieron como miles de esas bolas descendían al cañón y chillaban. Y con cada chillido se volvían rojas, sus ojos lanzaban chispas y sonreían, sonreían todo lo que podían.

El dolor de cabeza cesó y Bryan y Megan consiguieron avanzar por el cañón, sorteando a los pequeños demonios que rebotaban contra sus piernas y les causaban pequeñas úlceras, que cada vez eran más grandes.

– Esta debe ser la primera prueba, Megan. ¡Me duelen las piernas un horror!

– No hables Bryan… Me duele mucho la cabeza otra vez…

Los dolores comenzaron de nuevo, cada vez más fuertes, Bryan comenzó a chillar y, entonces, se volvieron más fuertes, y cuánto más chillaba, más fuertes eran los dolores. Cuando Bryan creía que iba a morir y ya yacía en el suelo desmayado de terror, con los brazos y las piernas llenos de úlceras, comenzaron las alucinaciones.

Un charco de sangre y una gota cayendo en él, miró hacia arriba para ver de dónde provenía la sangre y vio una garra que acariciaba un brazo. “Yo cuidaré de ti” dijo una voz de ultratumba. El brazo temblaba, estaba lleno de cortes, pero se dejaba acariciar. Miró más arriba y vio la cara de una mujer, llena de mordiscos, de sangre reseca, le faltaban trozos enteros de pelo en la cabeza. “¡Qué linda eres!”, dijo la voz.

Bryan chilló, chilló, chilló y chilló, hecho un ovillo en el suelo de arcilla. Entonces Megan le tendió una mano y le dio impulso para levantarse. No le soltó la mano, se aferró a ella y continuaron caminando mientras la extraña visión inundaba sus mentes. Ya no estaban en el cañón, estaban en una cueva y avanzaban por ella.

El suelo estaba lleno de cadáveres, más adelante uno de ellos se movía.

– ¡Tenemos que ayudarle, Megan! ¡Está vivo!

– Chsss- Megan no hablaba, no chillaba, andaba silenciosa por la caverna. Procuraba luchar contra el miedo que le producía andar sobre cadáveres, contra el dolor de sus piernas y contra la horrible visión de esas úlceras, que debían de ocupar ya todas sus piernas.

Llegaron al cuerpo que se debatía entre la vida y la muerte, temblaba compulsivamente, tenía los ojos llorosos y vidriosos, parecía muerto de miedo. Una bolita rosa se acercó a él, colocó sus pies en la cabeza del chico y Bryan y Megan vieron como la bola crecía alargada y se transformaba: primero le creció una cola en forma de pincho, luego unas pequeñas garras, creció estirada y comenzó a caérsele el pelo. Entonces Megan se dio cuenta de lo que ocurriría si no llegaban pronto al final del cañón. Calculó cuánto les faltaba, pero Bryan iba muy lento y Megan, prácticamente, le arrastraba.

– Escúchame Bryan. No voy a volver a hablar en todo el camino, coge mi mano y corre hacia el final de la cueva. No te detengas a mirar los cuerpos, no te detengas por el dolor, no chilles aunque parezca que vayas a morir, porque sino moriremos.

Y así fue como Megan y Bryan salieron del cañón, a la vez que salían de la cueva y dejaban atrás a los muertos, que, sin duda, habían pertenecido a otro tiempo.

– ¿Qué es lo que hemos visto Megan? ¿Era real?

– Fue real. Si no me equivoco fue la masacre de los demonios rojos, que se pusieron al servicio de Kaos al comenzar la Gran Guerra.

Continuación

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