Una historia más (20)

Megan y Bryan subieron a las piarañas. El río parecía tranquilo, Bryan pensó que quizá se embraveciese un poco en la subida, ya que cuando el agua baja suele tener más velocidad, pero se sintió tranquilo.

Sus pies se hundieron un poco en el agua fría y Megan cerró los ojos e inspiró aire profundamente, lo soltó con un lento suspiro y se sintió relajada. Desde la orilla podían ver como el río serpenteaba hasta la cima. Pasaron unos minutos y las pirañas no se movían.

– ¿Habrá que darles la orden o hacerles algún gesto?- preguntó Bryan sin esperar respuesta de Megan, más que una pregunta pareció una reflexión.

Ambos se quedaron en silencio. Pasó una hora, luego pasaron dos y dos más. El calor comenzaba a apretar, debía de ser mediodía. Megan y Bryan se miraban con fastidio. Al principio la espera había sido relajante, pero comenzaba a hacerse pesada.

Cuando el sol estuvo en su punto más alto las pirañas se pusieron en marcha. Recorrían el río a toda velocidad.

– ¡Me duelen un montón los pies!- Se quejó Bryan.

– A mí también, debe de ser que a esta altura el agua está mucho más fría. He intentado sacarlos del río, pero se vuelven a meter solos. Me cuesta bastante mantenerlos arriba de la piraña.

Bryan sacó los pies y quedó horrorizado al ver que sus pies se habían reducido a los huesos, de los que colgaban trozos de carne. Gritó horrorizado.– ¡Megan mírate los pies! ¿Qué narices es esto?

Megan miró sus pies, al principio un ligero mareo le nubló la visión y estuvo a punto de caer al agua. Pero se agarró fuerte a la piraña, cerró los ojos y se recompuso.

– Bryan, no podemos hacer nada, así que recuestate en la piraña e intenta no tocar el agua con ninguna parte de tu cuerpo. No sé si esto es real, ¿me entiendes? Recuerda a los demonios rojos…

Bryan le hizo caso y se recostó. Pero la tranquilidad no duró mucho, unas manos salieron del agua e intentaron agarrarlos para que cayesen de la montura. Cuando Megan miró el río, éste ya no era azul, era un mar de manos que llegaba hasta la montaña.

– ¡No os resistáis chicos! Vuestros pies sólo han sido un aperitivo para mí. – bramó el río con voz de mujer. – Vuestras cabezas valen mucho aquí- hizo una breve pausa – y allá. Os necesito y la suerte no va a vuestro favor. Os necesito vivos o muertos, esa decisión es vuestra. Dejaros caer de las pirañas y vuestra vida será un camino de rosas. Tal vez hasta vomite vuestros pies y los vuelva a colocar en su sitio. – Acabó con una risita traviesa.

– ¿Qué hacemos Megan?

– Resistir, Bryan. No sé cómo vencer a las manos, pero las pirañas se siguen moviendo al mismo ritmo sin inmutarse. Quizá nosotros tampoco debamos inmutarnos.

De repente una mano cogió del pelo a Megan y tiró de su cabeza hacia el agua. Entonces el río volvió a hablarles.

– ¡Oh, cómo me apetecen unos ojos verdes para comer! No sé si os habéis dado cuenta de que ya pasa el medio día. Esos tersos pómulos podría dejarlos para la merienda… ¡ Qué preciosa vas a estar, Megan! ¿O prefieres conservar tu dulce cara?

Las manos que tiraban de su pelo la cogieron de la cabeza provocándole mucho dolor. Megan gritó y lloró de terror. Los demonios no eran nada comparado con el río, sabía cómo actuaban los demonios, pero no sabía nada sobre la Dueña del Río. Entonces una canción infantil le vino a la cabeza:

No escuches el bamido del río,
sólo atemorizarte quiere,
corre y tapa tus oídos,
pues al hablarte te hiere.

Al río no creas,
aunque su agua te queme,y por más herido que te veas,
deja que la corriente te lleve.

Si hablar oyes a una mujer,
si sus miles de manos te intentan coger,
recuerda que si no escuchas
nada debes temer.

Megan cantaba la canción en un susurro, que se convirtió en un canto alto y fuerte. Bryan cantó con ella y antes de lo que esperaban estaban en el nacimiento del río y sus pies seguían siendo sus pies.

Continuación

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Un comentario en “Una historia más (20)

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